
la alegria de vivir en obediencia
El salmo 119 que rezamos casi todos los días en la hora intermedia expresa intensamente la libertad, la plenitud, la alegría y la felicidad de aquél que vive atento a conocer y a practicar lo que Dios quiere. Este querer de Dios tiene muchos sinónimos: tu ley, tus preceptos, tu palabra, tu verdad, tus prescripciones, tus mandamientos, tus decisiones, tus decretos, tu promesa, tu voluntad, tus juicios…Por ejemplo: Si tu ley no fuera mi alegría, ya hubiera sucumbido en mi aflicción.( Sal.119,92 )
El que así reza todos los días expresa su estilo de vida. Entiende que ha recibido de Dios todo lo que es y tiene, que un día se lo tiene que volver a entregar y que todo en su vida tiene que responder al proyecto que el Creador tiene sobre él. Por eso vive atento, a la escucha, para saber qué es lo que Dios le pide, ama lo que Dios le pide y se siente feliz cuando, en su conducta, responde a lo que Dios espera de él. Es la oración de los obedientes, de aquellos que no se satisfacen a sí mismos, que no viven cerrados sobre sí mismos, que miran y escuchan más allá porque saben que viven gracias a Dios y para agradar a Dios, el Creador y Redentor.
En la última asamblea de la USG nos presentaron y estuvimos trabajando la nueva instrucción de la Sagrada Congregación para los I. de Vida Consagrada…: Faciem tuam, Domine, requiram. El servicio de la autoridad y la obediencia.
El núcleo de esta instrucción es la Persona de Jesús: su obediencia y su autoridad. El Evangelio nos presenta a Jesús en una referencia permanente al Padre, a quien busca complacer en todo. San Miguel Garicoits dice en el Manifiesto que Jesús nunca hizo nada por sí mismo, sino movido por el Espíritu de Dios para hacer y sufrir lo que él dispusiera.. El otro aspecto es Jesús, nuestro Maestro, que enseña con autoridad ( Mc.1,22) a los que hemos decidido ser sus discípulos, conocerlo, escucharlo, amarlo y seguirlo.
La obediencia es presentada en la instrucción como una actitud fundamental del cristiano. En la vida religiosa todos tenemos que obedecer, también los superiores. Obedecer implica escuchar la Palabra de Dios, estar atentos a descubrir la voluntad de Dios en la vida de todos los días. La obediencia de cada religioso y el servicio de los que tienen autoridad consiste en discernir, buscar y encontrar la voluntad de Dios, expresión de San Miguel. Es el objetivo que nos hemos propuesto al consagrar al Señor nuestra vida. Por eso el título del documento está sacado del salmo 26,8: Tu rostro buscaré, Señor. Para salir de nuestras propias seguridades necesitamos fiarnos de alguien como Jesús que por su autoridad moral nos da confianza y seguridad como para poder decir… pero si tú lo dices, echaré las redes (Lc. 5, 5). Como Abraham: El Señor dijo a Abraham: Deja tu tierra…y ve al país que yo te mostraré. Abraham partió como el Señor se lo había ordenado.(Gn.12, 1 y 4)
Es cierto que lo fundamental para el que hizo voto de obediencia y para el que ejerce autoridad en la comunidad es conocer y practicar la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios no podemos conocerla más que a través de mediaciones, una de las cuales es la autoridad. De estas mediaciones habla también San Miguel Garivoits: ¿Cómo reconocer la voluntad de Dios?... Por nuestros votos, nuestras reglas, la voluntad de los superiores, los deberes de estado y también por todos los acontecimientos, felices o desgraciados, que la divina Providencia siembra siempre en nuestros pasos. (D.S.93).
Las mediaciones no se identifican con la voluntad de Dios, son imperfectas, limitadas, falibles… Así es también la autoridad. Pero sólo a través de las mediaciones podemos conocer la voluntad de Dios.
En la búsqueda de la voluntad de Dios, el servicio de la autoridad es imprescindible. El superior, consciente de sus límites y de su inclinación a imponer su voluntad, tiene que buscar el diálogo y el asesoramiento de otras personas, tiene que propiciar la participación de todos los hermanos de la comunidad, tiene que estar convencido que el Evangelio es el criterio con que debe gobernar.
El religioso que obedece tiene que tener en cuenta los mismos criterios evangélicos, la misma conciencia de los límites que los superiores, buscar el diálogo con ellos, la conciencia de las propias resistencias interiores para responder con autenticidad al Evangelio. Por el misterio de la Encarnación Dios escogió la debilidad de la carne, manifestarse por medio de nuestra condición de vulnerabilidad, para entrar en relación con nosotros.
Las dificultades que la obediencia y la autoridad encuentran en el mundo de hoy pueden ser las resistencias psicológicas que todas las personas tenemos a la interdependencia en la relación con los hermanos de comunidad y con los que tienen autoridad. Además, la valoración excesiva de la autonomía e independencia de cada persona en la sociedad de hoy. Una tercera dificultad es la inconsistencia de la experiencia teologal debido a las deficiencias en la formación inicial, al activismo y al desgaste por la influencia del ambiente, para el que tiene la autoridad como para el que tiene que obedecer.
No puede ser que admiremos la obediencia de Jesús al Padre hasta la muerte de cruz, no puede ser que hayamos decidido vivir en referencia constante a él y que a la hora de la verdad nos neguemos a obedecer. Ni la obediencia, ni la castidad, ni la pobreza, ni el perdón, ni el amor al enemigo, ni la mansedumbre pueden entenderse con criterios simplemente humanos. Sólo son un valor para los que han optado por el Evangelio como norma de vida.