SIN AUTORIDAD NO HAY EDUCACIÓN

Ningún sistema educativo puede desarrollarse con normalidad ni puede alcanzar objetivos mínimamente satisfactorios si no está estructurado sobre la base del respeto a la autoridad que los maestros y profesores deben ejercer naturalmente en el aula; y si no está asociado al mantenimiento de las normas disciplinarias que deben imperar, necesariamente, en los establecimientos educativos.
De ahí la honda preocupación que suscitan los reiterados episodios registrados en nuestro país, demostrativos de las dificultades que afronta hoy la educación en la argentina como resultado de ese notorio quebrantamiento del principio de autoridad y del consiguiente estado de caos en que ha derivado, en muchos casos, la relación entre docentes y alumnos. Es imprescindible que como sociedad tomemos conciencia de las gravísimas consecuencias que puede llegar a tener para el futuro este aflojamiento de las estructuras disciplinarias básicas del sistema de enseñanza.
Los hechos que suceden día a día dentro de los establecimientos educativos, de agresiones o rechazo a la autoridad, nos invita a pensar que el principio de autoridad de los docentes, en los colegios está siendo erosionado por muy diferentes caminos.
Por lo tanto es imprescindible recomponer el principio de autoridad en todos los niveles de la actividad educativa. Allí donde esa autoridad no es respetada, allí donde la disciplina se quebranta diariamente y a la vista de todos, la educación es siempre la que sale perdiendo. Es fundamental que se sepa en todos los rincones del territorio nacional la idea de que la autoridad y la educación necesitan ir siempre de la mano. Es imprescindible frenar cuanto antes la ola de violencia escolar, y lograr que el maestro y profesor recuperen el rol y la autoridad que tradicionalmente se les ha reconocido frente al alumnado. Para lograr ese objetivo, es fundamental la intervención de los padres de los alumnos, que tienen el deber moral de apoyar a los docentes. Muchas veces, los padres incurren en el gravísimo error de respaldar a sus hijos y enfrentar a los maestros, con lo cual contribuyen a deteriorar aún más la autoridad de quien está frente al aula. Un espectáculo que debería desaparecer para siempre de nuestro sistema de costumbres, es el que brindan aquellos padres y madres que se hacen presentes en la escuela para “defender” a su hijo cuando el docente le ha puesto una mala nota, le ha llamado la atención o le ha aplicado una sanción.
Por supuesto, no es una tarea privativa de un determinado sector social. Recomponer la autoridad del maestro es responsabilidad de todos. La escuela no es o no debe ser un mundo aparte. En un país habituado a no respetar las leyes, a no acatar las normas de tránsito, a que los poderes públicos se enfrenten unos con otros y vulneren y avasallen sus respectivas esferas de competencia, no puede sorprender que el aula tienda a convertirse en tierra de nadie. La tendencia generalizada a la anomia no podía dejar de extenderse al ámbito escolar.Si somos capaces de restablecer el principio de autoridad desde sus raíces, desde lo más profundo de su entraña moral, habrá futuro en la Argentina. Y habrá maestros con la autoridad necesaria para que la escuela sea, en si misma, un espejo en el que cada argentino aprenda a reconocerse como el custodio de su propia dignidad y de la dignidad de los otros.

DIARIO "LA NACIÓN"-14 JULIO DE 2008