Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
Deseo renovar y extender a todos los fieles el pedido de oraciones y súplicas, - como lo hice en el mes de junio próximo pasado a las Hermanas carmelitas del Carmelo del Niño Jesús, así como a las religiosas de nuestra Arquidiócesis de Rosario - , para que en nuestra Patria se continue valorando a la familia, centrada en el matrimonio de un varón y una mujer, como un bien natural e inalterable; y para que nuestros legisladores puedan discernir y tutelar del mejor modo estos intereses para el bien de nuestras familias y de la sociedad.
Como motivación de esta oración, sabemos que cuando decimos que el matrimonio es una realidad natural, estamos proponiendo una verdad constatada por la razón para el bien de los esposos y de la sociedad. Saber que esta verdad es confirmada por la Revelación cristiana, no le quita su fundamento natural; sino que posteriormente la ilumina; ya que muestra la íntima conexión que existe entre la unión matrimonial con el "principio" (cf. Mt 19, 4-8) del que habla el libro del Génesis: "Los creó varón y mujer" (Gn 1, 27), y "los dos serán una sola carne" (Gn 2, 24).
El hecho de que el matrimonio como un bien natural sea elevado a Sacramento por Nuestro Señor Jesucristo, no justifica la tendencia a quitarle su valor o relativizar la noción del matrimonio - su naturaleza, propiedades esenciales y fines -, reivindicando una concepción diversa y válida de parte de un creyente o de un no creyente, de un católico o de un no católico, como si no se tratara de un dato natural, evidenciado por la razón (cfr. Juan Pablo II, 1.II.2001).
Justamente, es en la vida familiar y en la relación con su padre y su madre, donde los niños descubren su propia identidad y llegan a alcanzar la autonomía personal. Alterar esta realidad es desconocer el sentido de la diversidad, hombre mujer, como su riqueza en la educación sexual del niño.
De esta manera, "corresponde a la autoridad pública tutelar el matrimonio entre el varón y la mujer con la protección de las leyes, para asegurar y favorecer su función irreemplazable y su contribución al bien común de la sociedad” (CEA. 20/4/10)”.
Por ello, ruego que en las Parroquias y Capillas de la Arquidiócesis, en el Seminario Metropolitano; en las instituciones, movimientos y asociaciones; en las comunidades educativas y en las familias, se eleven en común e individualmente, plegarias a Dios Nuestro Señor por estas intenciones, particularmente en la Santa Misa y en la oración del Santo Rosario.
También en estas súplicas podemos incorporar la promesa de alguna obra de caridad y de misericordia, especialmente visitando algún enfermo o anciano solo o necesitado; pidiendo al Espíritu Santo que nos ilumine, a fin de que el verdadero bien común sea el fin de toda ley.
Deseo que la presencia de Jesús y de la Santísima Virgen María en las Bodas de Caná, que meditamos en los misterios luminosos del Rosario, sea un motivo que nos aliente a intensificar la oración durante estos días; y a valorar el bien del matrimonio, así como para que los padres y madres junto con sus hijos tengan el estímulo y el reconocimiento de la vocación familiar.
Agradecido, los saludo en Cristo y Nuestra Madre del Rosario.
Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario